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México enfrenta un proceso complejo ante la posible implementación de la jornada laboral de 40 horas, en un entorno donde las empresas manufactureras reportan signos de desaceleración en sus indicadores clave.
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En julio de 2025, el Indicador de Pedidos Manufactureros (IPM) bajó a 49.8 puntos, rompiendo una racha de ocho meses por encima del umbral de 50, lo que indica una expectativa menos favorable por parte del sector industrial.
Esta coyuntura coincide con el debate sobre la viabilidad de reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales.
En México, el promedio de horas trabajadas anuales por persona es de 2,226, significativamente más que en países como Chile y Colombia, donde la reducción de jornada ya ha comenzado sin sacrificar productividad.
Sin embargo, las PyMEs mexicanas, especialmente las manufactureras, enfrentan dificultades estructurales para adoptar este cambio sin apoyo gubernamental.
Impacto operativo
En sectores que operan con tres turnos de ocho horas, la disminución de jornada obliga a rediseñar procesos, contratar más personal o invertir en automatización.
Organismos como Concanaco-Servytur proponen segmentar la aplicación de la reforma según tamaño, industria y región, además de establecer incentivos fiscales y subsidios al salario.
Las pequeñas empresas, con márgenes estrechos y estructuras organizativas limitadas, advierten que podrían ver afectada su competitividad si el ajuste se implementa de forma abrupta.
Mientras tanto, el IPM señala una caída de 6.2 puntos en el componente de producción esperada y mantiene a otros indicadores como personal ocupado, entrega de insumos e inventarios por debajo de los 50 puntos.
Aunque los pedidos muestran un ligero repunte, el entorno operativo se mantiene incierto para la industria.
Bienestar laboral
Más allá de los factores económicos, la discusión también gira en torno al bienestar de los trabajadores.
Datos de Buk México revelan que uno de cada cuatro empleados con horarios insatisfactorios padece burnout frecuente, lo cual reduce su productividad en al menos 10%.
En contraste, aquellos que laboran en entornos con equilibrio horario presentan mayor compromiso y eficiencia.
Las experiencias de Chile y Colombia muestran que es posible reducir las horas laborales sin afectar la producción, siempre que exista una estrategia escalonada, uso intensivo de tecnología y un enfoque en resultados.
Para México, la clave está en evitar una transición desordenada que profundice las desigualdades entre empresas grandes y pequeñas, urbanas o industriales.
Reformular el modelo de trabajo no solo implica ajustar horarios, sino replantear el concepto de eficiencia y productividad en función de las personas y no únicamente de las métricas de desempeño.
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